16 noviembre 2007

Un domingo de noviembre



Esperó a comprobar el segundo toque, y la liberación se extendió por todo su cuerpo. Parece que era ayer cuando al escuchar las campanas, tenía que buscar el velo de su hermana para salir corriendo a misa. Aunque ella sólo tenía seis años, no podía entrar en la iglesia sin él. Hoy le parece mentira, ese tiempo pasado de sustos y temores. Si no llegaba antes del evangelio, podía entrar directamente en el infierno. !Era pecado mortal!
Escuchó tranquilamente el tercero y llegó al quiosco a comprar el periódico. Vio que ya estaba el último planeta de Juan José Millás y tuvo que echar mano de la cartera. No acostumbraba a comprar los planetas, pero su admirado Millás era diferente.
El día tenía un sol de otoño, claro y limpio que permitía ver a distancia. No hacía viento, la temperatura y el ambiente eran de primavera.
Acordaron subir al alto del Mazuco, para ver la costa desde la montaña. Los dos amigos caminaban igual que hace treinta años, cuando en su primer destino salían a pasear por la Peña de los Enamorados en Antequera. Si no fuera por los bastones y otras minucias nadie diría que ya están jubilados. Hacía tiempo que no se veían, y el caminar ahora juntos, les ensanchaba el horizonte ya de por si amplio. Como no había barra, la mar era inmensa. La costa se recortaba al pie de la ería y se llegaba a ver la casa allí abajo.
A la hora del vermut, después de la caminata, la sidra entraba sola. Cayeron dos botellas, una por cabeza y no era solo compartir el vaso, era algo más, tras tantos años de amistad y de coincidencia en el pensar.
El arroz con los boletos edulis parecía de guormet, (aunque no se lo que significa eso.) No quedó nada para la noche.
El libro de Millás era más flojo de lo esperado. No se pueden comprar los premios planetas.
Como en casa, por suerte, no tenemos tele, combinaba el periódico con ”Rayuela” y saboreaba la relectura. Además no importaba, siempre había leído a saltos y disfrutado de encontrar un trozo sin leer, en una buena obra.
Al anochecer cogió el portátil para ver qué comentaba la Momia con Espuma y Gladys. Todo estaba en orden. Seguíamos unidos a través del espacio. El último texto de “Un día de otoño” no lo entendía nadie.

Fotografía: Alto de la Tornería. Llanes

05 noviembre 2007

Un día de otoño



¿Era a las nueve o era a las diez?
Sobre las diez. Coprinos sin vino. Camino de Santiago o camino a Nueva de Llanes. Eucaliptos con cantarelos, algo bueno. Explosión de un cometa visible como una nube, es un decir o eso dice el periódico
Ajo, aceite y pimienta !Qué ricos los coprinos! Los cantarelos al sol, otro día será. Un pisto con chorizo y agua para beber.
Me llamo Kendra. La espera se alarga, pronto será.
Hoy no hay polvo, mañana caerá.
Llanes al cubo, carpa del muelle. Concejo desde el cielo, Piedra al fondo a la derecha. Tonada bien cantada, Chocolate con churros cargados de azúcar. Marea baja, barcos de costado. Paseo del puerto a la sombra de las farolas.
Amigos que se van, amigos que pronto vendrán
Nerja a lo lejos. Mi madre al teléfono, tan cerca. Sevilla.
Foto de Áyobe de reojo, amor de abuelo. Correos que vuelan, reparten la dicha y !oh! técnica, leo las respuestas desde el sillón de la casa.
Roma, Francesca y Fulvio con Giulio o Guisto o Ius o Giú o Justo. Navarro no, granadino. Leo FINALMUSIK, dicen que novela. ¿Será ensayo?
Ayer Gibson me contaba su vida y rezaba como novela, hoy Justo Navarro me cuenta unos días en Roma y no parece una novela. Leo y recuerdo al chino que se levantó desde el fondo de la platea. Márquez y su novela.
Babelia viene completa:
Inédito de Cortázar. Mi admirado Muñoz Molina. Qué maravilla cuando recuerda a los aceituneros de su pueblo, que al igual que me ocurre con García Márquez, me vienen siempre a la memoria al leer algo nuevo de él. Manuel Vincent escribe sobre Lampedusa o Giuseppe Tomasi escribe sobre él.

Fotografía: otoño en el Ponga. Asturias.

29 octubre 2007

Al calor de la chimenea




La belleza hay que conquistarla, pero en algunas tierras la batalla es mínima. Las Alpujarras es una de ellas. Allí alcanzar la belleza es muy fácil. El paisaje de chimeneas al cielo sobre los tejados de launas, que parecen querer elevarse para dejar escapar lentamente las historias contadas al pie del fuego, tiene una belleza natural como si el hombre casi no hubiese intervenido .
Al ver las chimeneas tan de cerca, he recordado las noches en el cortijo, cuando Dolores, al caer la tarde, avivaba el fuego y preparaba la cena que consumíamos con las últimas luces. Después, a la luz del candil de aceite refrito, que para eso siempre había aceite, a Frasquito le gustaba contar historias de la guerra y otras veces historias de los cortijos vecinos.
¿Cuantas historias se escaparon por el tiro de la chimenea? y aún estarán las ondas vagando por esos espacios entre el cielo y la tierra. !Qué pena no tener la memoria suficiente para recordar aquellos relatos contados con tanta riqueza de palabra! Por ejemplo, le encantaba recordar, que de mozuelo, bajó por primera vez a la feria del pueblo y entró en la caseta a bailar un pasodoble. No sabía por donde coger a la moza, y cuando la tuvo entre sus brazos, no podía creer en tanta dicha. De la emoción no escuchaba la música, pero pronto aprendió a dejarse llevar por el ritmo de su pareja y le parecía estar flotando sobre la pista.
Otras veces, contaba que los picapedreros portugueses construyeron los puentes de piedra de la carretera de la costa y un poco más tarde los autobuses de ruedas macizas se hacían la competencia para llevar los viajeros a la capital e incluso durante una época, regalaban un habano con el billete.
Una historia que a veces repetía era la del frente de guerra, el día que le cogió entre dos fuegos y con la cabeza en tierra, levantaba el trasero con la esperanza de recibir un tiro en” dicha sea la parte” y poder tirarse una temporada en el hospital, lejos del frente.
O la de su compadre Faustino, que una vez de permiso en el pueblo, para no volver al frente, se restregó los brazos con unas matas de la acequia hasta que los tuvo en carne viva, y ya en el hospital se los volvía a restregar todas las mañanas con estropajo para mantenerlos sangrantes y no volver a pegar un tiro.
Las historias del frente todas eran muy duras, pero como las contaba a toro pasado, incluso les daba su gracia.
Entre historia e historia echaba mano de la botella de vino que él mismo había cosechado, y te daba un trago a gañote; para eso la botella estaba preparada con dos cañitas en su tapón y el liquido se trasegaba muy fácilmente, tan fácil que cuando tocaba irse a la cama de colchón de palmilla, lo hacíamos muy contentos.

Fotografía: Bubión. Alpujarras, Granada.

30 septiembre 2007

20 septiembre 2007

Arco o puerta de Elvira. Granada

Puerta de Elvira

Salíamos del “Palacio la Sífilis”. Era una madrugada de otoño. Había refrescado. La calle estaba mojada, y el olor a tierra nos llegaba de la cercana explanada del Triunfo. Si no fuera por el brillo del empedrado, bien podíamos creer que en lugar de salir del Palacio de la Sífilis, lo hacíamos del cortijo “Los Pencales”.
Ibamos los tres por el centro de la calle, Miguel el de la “Plana”, Pedro Llanes y el otro cuyo nombre no quiero decir. Pasamos debajo del Arco de Elvira y nos adentramos en la calle desierta. Nos gustaba tirar por el centro de la calle, temíamos que algún borracho asentado en algún portal nos molestase para pedir fuego o tener que ayudarle a encontrar la llave de su puerta.
Era un disfrute caminar por la calle solitaria, parecía que tomábamos posesión de la ciudad dormida. Los faroles apenas alumbraban y nos dejábamos guiar por las primeras luces de la aurora. Había escampado y la frescura de la mañana nos daba ya en la cara.
Al llegar a la altura de la “Gota de Leche”, encontramos, en medio de la calle, una maleta de esas de cartón piedra, con las esquinas remachadas de metal y dos cerraduras gemelas de las que se abrían con cualquier llave de maleta. La sorpresa fue grande por que la maleta pesaba lo suyo, inmediatamente se dedujo que no estaba abandonada para tirar, parecía nueva y estaba llena como de libros por su gran peso. Tras una breve discusión, - el innombrable decía que íbamos a violar la propiedad privada -, la arrastramos como pudimos a la luz de una farola y casi sin forzar las cerraduras la abrimos. Estaba llena de novelas, todas iguales, repetidas, pero,!Qué alegría!, cuando pudimos leer en sus portadas: El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.

P.D.
Permitid una pequeña aclaración. El “Palacio de la Sífilis”, tan frecuentado por aquellos años, era una tasca donde en una taza de color desconocido, te ponían un caldillo de caracoles que levantaba el ánimo. Allí no entraban las mujeres, ni unas ni otras, en esa época los bares eran cosa de hombres.

27 julio 2007

Romance de frontera

Eran tiempos de bonanza en el reino de Granada. La frontera estaba entre Antequera cristiana y Archidona mora. Los tejedores de los batanes de Antequera iban a vender sus mantas al mercado de Archidona. En lo que hoy en día es la plaza Ochavada, se montaban los tenderetes los jueves de cada semana. Allí acudía Rodrigo con sus bellas mantas de lana. Las ovejas que pastaban en el Torcal, daban unas lanas sedosas, de pelo largo, muy aptas para tejer y los batanes del río de la Villa, daban tal apresto a los tejidos que la venta estaba asegurada en todo el reino fronterizo.
Un día claro de otoño, apareció Fátima por el mercado, y nada más verla, Rodrigo quedó prendado de sus andares. El garbo y lozanía que desprendía, cambió el aire de la plaza, y lo que se temía Rodrigo, fue a pararse justo delante de sus mantas.
Desde el momento en que cruzaron sus miradas quedaron atónitos, y sin habla se lo dijeron todo.
Ya Fátima no dormía, esperando el jueves en que vería a su amado Rodrigo. Ese día usaba su mejor alheña y con sus ojos tan grandes como bellos se encaminaba al mercado.
Los amores de Fátima y Rodrigo se hicieron tan evidentes que llegaron a ser públicos en toda la frontera de la vega de Antequera.
A pesar de que la familia de Rodrigo intentó todos los remedios de alcahuetas y celestinas, Rodrigo cada día estaba más enamorado de su Fátima y solo pensaba en tejer las más bellas mantas para su enamorada.
A Fátima le ocurría otro tanto, y aunque no podía vivir sin ver a su Rodrigo, su familia no le permitía salir los jueves al mercado.
Cuando las citas se hicieron difíciles acudieron a la intermediación del buhonero Abderramán para otros Ramón Román. Este les preparó una cita en el ejido, al lado de la puerta de Málaga en la misma muralla antequerana. Era el lugar donde los arrieros de la costa vendían el pescado que traían por la ruta de Alozaina y el puerto de la Boca del Asno. Entre el barullo de comerciantes y clientes pasarían desapercibidos. Otras veces les conseguía un encuentro en el almijar de Archidona, donde en ese tiempo se ponían las uvas pasas a secar y todas las tardes acudían las mozas a dar la vuelta a los racimos.
Llegó un momento en que ni Ramón les podía ayudar y acordaron huir por la Peña de Antequera. Desde entonces no se sabe nada de ellos.
Algunos dicen haberlos visto rondar por los alrededores del cerro de la ermita de Archidona, donde la mezquita, hoy iglesia, conserva los arcos de herradura y columnas primitivas.
Lo que si es cierto, es que en el centro de la vega de Antequera, aún perdura la Peña de los Enamorados, donde según la leyenda, se despeñaron Fátima y Rodrigo por culpa de sus amores desafortunados

16 julio 2007

Papel estraza

Hoy, estoy intentando escribir con el nuevo portátil y he recordado un día particular.
Sería un día de otoño, llegaba a casa loco de contento, acababa de aprender a escribir la “o” en el colegio de las monjas.
En la mesa de la cocina había un pliego de papel de estraza y quise hacerle una demostración a mi madre. Cogí el lápiz y me salí del papel.
Recuerdo muy bien la gran cocina con el fuego de carbón vegetal. Para encenderla se hacía un torsión con un papel impregnado de aceite y con el soplillo hecho con las palmas del palmito, no se paraba de soplar hasta que el carbón quedaba encendido; muchas veces te encontrabas con un tizón y el humo invadía toda la cocina, había que sacarlo, apagar en el fregadero, y tirarlo a la basura. La mesa era grande, de madera, con las vetas a flor de piel de tanto limpiarla restregando con el estropajo de esparto, y en la esquina de la cocina había un gran lebrillo que se había usado para amasar durante los años del hambre. Ya la cosa no estaba tan mal, y por un duro te vendían un pan de kilo en la tahona de Vicente, en calle Granada. Claro lo malo era, que quién tenía el duro; y que el pan de kilo, pesaba 900 gramos, ( para no subirlo de precio, le bajaban el peso ). Pero esa es otra historia.
El colegio de las monjas, estaba en el “Chalet”, una gran casa rodeada de jardines que había pasado a la Iglesia por una herencia. Su directora era una monja vieja y mellada que daba pavor el solo verla. Yo, había aprendido a hacer la “o” en una pizarra pequeña que con los dos pizarrines, uno blando y otro duro, era todo el material escolar necesario para las primeras letras y las cuatro operaciones que más tarde tendríamos que aprender.
La pizarra me duró mucho tiempo, a veces, se descuadraba el marco de madera que llevaba, pero en la carpintería de Bruno de calle Animas me la componían y quedaba como nueva.
Con el nuevo portátil, me ha pasado lo mismo que con el lápiz y el papel de estraza. Como había aprendido en la pizarra, al cambiar al papel, no me salía bien la “o”.
Hoy, al empezar a escribir con este nuevo cacharro, cuando le daba a una tecla, me salía otro signo distinto al buscado y mi turbación ha sido la misma de aquella vez en que me salí del papel para escribir la primera “o”. Espero que el cambio de tecnología de la pizarra a la pantalla no me turbe mucho y me permita estar en paz con esta nueva técnica tan alejada de mi medio.
Esta tarde, he tenido la suerte de poder comentar con mi madre la historia, y me dice que cuando ocurrió, tenía tres años; por tanto, hace ya unos cuantos de la pizarra y el pizarrín.

12 junio 2007

Gaviotas en tierra

Hoy, tras mi ventana, han venido a labrar la tierra. Una tierra ya vieja por particiones y herencias divididas.
A vista de pájaro, la parcela de tierra arada tiene forma de yunque, rodeada por el verde de las vecinas, los manzanos y las encinas.
¿Qué partición de herencia, llevó a trazar esas lindes?
¿Qué "hombre bueno", intervino para que los deudos llegaran a un buen acuerdo?
¿Quién levantó el muro de piedra, ya gris por las años transcurridos?
¿Quién plantó la pomarada?
¿Quién dejó la tierra calma, para el maíz y la patata?
Y, antes de que llegaran de América el maíz y la patata, ¿Qué cultivaban?
¿Serían cebollas y centeno, lo que quitase el hambre en esta tierra de emigrantes?
Las gaviotas, una a una, se descuelgan del cielo y siguen el surco abierto por el arado. Ajenas al tiempo, a la ería y al dueño de la ería.
La tierra se blanquea, de vez en cuando alguna levanta el vuelo para mejorar su posición y ocasiona un revuelo en la bandada. Al atardecer, poco a poco, por la querencia de la mar vuelan a los castros frente a los acantilados de Llanes.
Hoy, no tendrán que comer pescado, las alimentó la tierra.

09 junio 2007

08 junio 2007

La joven de blanco

Era una joven vestida de blanco
en el umbral de una puerta
hace treinta años.
Un cruce de miradas.
Un recuerdo permanente.
Una joven cuando yo lo era.
Un pueblito de la Francia.
Un viaje sin rumbo,
un "cuatro latas" recargado,
comida para cuatro.
Europa ante nosotros.
Un recuerdo imposible
de una breve mirada.
Un cruce de dos vidas
sin contacto.
En el tiempo detenida
la belleza del instante permanece.
Hoy hace treinta años.

04 junio 2007

Dislándia

Después de recortarse hasta la uña del dedo meñique, esa que usara tantas veces para sacar de la pipa los restos del “caldo gallina”, diose cuenta, que le faltaba un sello para tener todos los papeles en regla. El sello del consulado, que le validaba para confirmar que no atentaría contra el presidente, y de esa forma poder pasar la frontera.
Su compadre, había conseguido entrar hace unos años y habían quedado en encontrarse de nuevo, para seguir en comandita con el negocio de fotografía que ya explotaran en su pueblo de Pacanda. El compadre Domingo realizaba el encuadre, y él trabajaba los retratos en el cuarto oscuro hasta que dejaba las fotos claras y con esa pátina como de vieja, que pareciera de otra época.
Al cabo de unos días, se dio cuenta de que echaba de menos su tabaco sin filtro, y le envió un propio a su compadre para comunicarle que no lo esperase. Se iba a dejar crecer su uña, seguir con su tabaco y ya veríamos si arribaba a Dislándia en otro momento en que los trámites de aduana fueran más sencillos.

18 mayo 2007

Alhambra




Te colocabas la chaqueta cruzada de color azul marino, los pantalones a la rodilla y la corbata de falso nudo sujeta con el elástico, y después de darle un repaso a los zapatos ya estabas listo para la aventura.
Como todos los jueves por la tarde formabas la fila de a tres y atravesando el puente romano entrabas en la ciudad. La fila era sagrada, ni la reatas de burros la podían interrumpir y como un largo ciempiés se encaminaba cuesta Gomérez arriba hacia la Alhambra.
Al llegar a la fuente de Carlos V, rompíamos filas y reponíamos fuerzas en los mismos caños. En esa época no existían los carteles indicando si el agua era potable o no.
Entrábamos por la puerta de la mano y la llave. Siempre nos recordaban que cuando la mano se juntase con la llave, vendrían los moros a llevarse la Alhambra. No hacíamos caso, y libres nos disponíamos a tomar, nosotros, posesión de ella. Por una tarde sería sólo nuestra. A los turistas aún se les llamaba franceses y eran tan escasos que no se les veía, y a los granadinos les cogía tan a desmano que nadie subía.
La primera parada era en la casa de fotos donde disfrazaban de moro. Nos gustaba ver los retratos de tantos jeques, entre cojines, rodeados de sus moras en el harén, y nos imaginábamos otros mundos posibles lejos de la sordidez del internado.
Después, algunos, entrábamos al patio de los Arrayanes y, sería por la quietud del agua en la alberca o el reflejo de celosías y mocárabes, dejábamos de correr y soñábamos con mirar a través de esas celosías esos mundos pasados que habíamos visto antes en las fotos.
En el trayecto hacia el patio de los Leones, queríamos entrar por todos los rincones de puertas y pasillos cerrados y veíamos desde uno de ellos los tragaluces de la zona de baños como estrellas en el cielo. Nos habían contado que arriba, en la sala de los baños, se colocaban los músicos ciegos para animar a las bañistas sin verlas. ¡Qué pena!
Los leones nos parecían feos, como sin acabar, pero el bosquete de columnas tan blancas y tan finas nos permitía jugar a entrar y salir rodeándolas una y otra vez para acceder a las salas. A mí me gustaba la sala del Trono, desde sus ventanales miraba a los cipreses del Albaicín y las antiguas murallas de la ciudad. En la sala de la fuente con la sangre de los moros, me quitaba las gafas para ver en los cristales el reflejo del cielo a través del techo, era un rito que hacía siempre. Alguien me enseñaría y todos lo hacíamos. La sangre, decían que era de los moros degollados allí mismo por haberse rebelado contra el sultán.
Mucho más tarde me dijeron, que las hornacinas a las entradas de las salas no eran para dejar las babuchas sino para colocar los perfumes.
Antes de subir a la torre de la Vela, nos llegábamos al quiosco del patio de armas y pedíamos un vaso de agua fresca del aljibe. No me explico como no se cansaba de tantos chiquillos, y siempre nos servía el agua sin protestar. Alguno quizás se tomase alguna vez una Coca–Cola. En la subida a la torre no dejábamos de leer la lápida con eso de “Dadle limosna mujer, que no hay mayor desgracia que ser ciego en Graná,” que firmaba un poeta. Me imagino que la lápida ya no estará y la vista de la vega con la torre de los Escolapios en los límites de la ciudad no será la misma.
Tampoco está ya la tienda donde alquilaban los trajes de moros, ni la soledad de patios y jardines, pero es tan bella que, aunque compartida, la Alhambra sigue siendo emocionante. Algunas veces he subido con mis hijos, y sentado en los jardines del Partal me he dejado fotografiar por los turistas.

Fotografía de Miguel Bueno.

02 febrero 2007

Lector semierótico


La cruda descripción de la realidad de la vida le enervaba. No soportaba leer un cuento de lectura tan directa, en el que se adivinase el final. Necesitaba de las insinuaciones, de un recorrido intermitente, que lentamente le llevase a dejar las gafas en la mesita para acercarse a la historia. Su miopía le daba ventaja y cuando encontraba un texto bello le gustaba adentrarse físicamente y casi tocarlo con su cuerpo. No le importaba las vueltas que tuviese que dar.
A veces cuando encontraba un relato de su gusto lo releía para recitar de memoria. Aún recuerda “Desde el fondo de la platea, se levantó el chino con esa cara que ponen los chinos cuando llegan pronto a su casa”…. (García Márquez)

29 enero 2007

Historia de Julián y Eulalia




Julián fue a enamorarse de una moza del pueblo vecino, a cuatro leguas de Pacanda. Los sábados cogía la caja de los zapatos nuevos, y con ella bajo el brazo se ponía en camino pertrechado con sus albarcas. Al llegar al ventorrillo se cambiaba para entrar en el pueblo como un señor.
Eulalia, su amor, le esperaba en la ventana desde primera hora de la tarde. Quería ser la primera en verlo llegar y desde la mañana estaba impaciente por otearlo subiendo la cuesta del Santo Cristo.
Al llegar a la ventana, a Julián no le salía la voz del cuerpo. De la emoción le temblaba el labio y no podía articular palabra. A Eulalia no le importaba. Al ver el buen porte de su mozo, plena de gozo, tenía que sujetarse a la reja para que el temblar de sus piernas no le denunciase…
Así, mudos, quedaban los dos enamorados y mirándose a los ojos pasaban las horas sin sentir. Con las últimas luces del atardecer Julián acercaba su cara al alféizar de la ventana y Eulalia le dejaba un beso en los labios. Desde ese momento, Julián no movía un músculo de la cara para que el sentir no fuese a perderse. Caminaba despacio con el beso en los labios y sin volver la cara atrás, cogía cuesta abajo hasta adentrarse en la oscuridad del camino. No necesitaba luz, tenía los pasos contados, y aunque con cada paso que daba le parecía romper un sortilegio, llegó a su casa con la calentura en la boca. Había tenido suerte y al no cruzarse con nadie, a nadie tuvo que saludar y pudo guardar hasta la cama el beso que Eulalia le ofreció.
Entonces, despierto, dejaba correr su imaginación. Le gustaba soñar con la casa que había hecho para su Eulalia; tenía unas ventanas grandes, sin rejas, un gran banco corrido por toda la fachada muy bien blanqueado, una parra para dar sombra en verano, el horizonte de la mar a lo lejos y los picos de la sierra Arajimal tan cerca que parecían tocarse…
Si, es cierto. El hijo de Julián no lloraba. Se criaba como un bendito. Tragaba como un descosido. Se veía hacer. ¿Quién lo diría? Con esas teticas que tenía Eulalia que le cabían a Julián en una mano, y esos pezones duros como lanzas cuando los acariciaba su Julián.
El susto se lo llevaron cuando después de nacer, esperaban a la comadrona para que les hiciese los boquetes en los pezones. Nunca habían visto a una parturienta y no imaginaban que la leche salía por su ser.
-Anda, anda. Ponte al niño en el pecho y verás como sale el calostro.

Julián no creía en eso de los curas. Los curas eran cosa de ricos y para los ricos. Aún le dolía cuando en el entierro de su difunta madre, le faltaron dos duros, dos cochinos duros, y don Segismundo despidió al duelo en la primera cruz que encontró en la esquina de la primera calle. Por dos duros más, la habría acompañado hasta la puerta del camposanto para el último responso.
Aunque no creía en los curas, no quería dejar a su hijo sin padrino y él, quedar sin compadre, por eso pensó en bautizarle. Además su amigo Natalio le había dicho que sería generoso cuando los chiquillos cantasen eso de:
Padrino lagarto,
padrino lagarto.
Saque usted los cuartos
No lo gaste en vino.
Y échelos por alto….